Cuando estaba en la universidad, me sentía bacán. Es decir, no me gustaba mucho ir a clases aunque trataba de aprender lo más que pudiera. Le sacaba el jugo a cada profesor, a cada compañero, a cada momento. Y es que en una vida de encuentros efímeros, de cosas tan pasajeras, aprender que cada uno es un tesoro y que sus experiencias son joyas invisibles me ha ayudado a hacer más llevadera la aventura, a ver con más optimismo la realidad y ver que si algo no me gusta, tarde o temprano podré cambiarlo (claro, si seguimos viviendo en paz).

Me sentía bacán porque era un bicho raro. O sea, siempre lo he sido, pero para este caso era un bicho raro positivo. En los años de colegio me esforzaba mucho por ser el mejor, no tanto para competir con mis compañeros, sino porque quería ser el mejor, por serlo. Ya en la universidad no me interesaban las notas, no me iba mal, me iba bien, pero como estudiaba y trabajaba a la vez, no me iba a exigir algo que no podía dar. Quería tener vida también.

Generalmente la gente de esa edad trabaja en cosas como empaque en los supermercados, en alguna cadena de comida rápida, como ayudantes en la universidad, como vendedores en alguna tienda, como garzones, en fin. A mí me tocaba escribir un blog y viajar. Viajar por distintas ciudades de Chile, escribir sobre las maravillas turísticas que tenemos, ver el Desierto Florido, ver los palafitos de Chiloé. Era gracioso ausentarme de clases por estar viajando, ir por ahí en pleno marzo, en pleno mayo, en pleno septiembre, en pleno noviembre a recorrer el país.

¡Era la combinación “perfecta”! Tenía harto tiempo, tenía un dinero que bien administrado podía ser mucho y tenía las ganas. Todo iba miel sobre hojuelas, o al menos, eso yo decía de cara para afuera. El primer año me pasé un poco y viajé más de lo que debí. O sea, viajar no es el problema, la energía es el tema. No sabría explicarlo, durante un tiempo estuve muy expuesto a situaciones de estrés y no lo atendí en su momento. Me postergué tanto, me callé tantas cosas, aguanté tantas tonteras, que justo ahí cuando tenía todo para disfrutar el “momento feliz” se me cayó el cuerpo encima.

Digo el cuerpo porque mi alma y mi espíritu estaban bien. Pero mi cuerpo no, tenía unos ataques horribles de ansiedad, de estrés, de insomnio, de apatía. Era horrible, a veces salía de la casa a clases y no alcanzaba a caminar un par de cuadras, ya tenía ganas de vomitar y devolverme. Trataba de descansar en la noche y el concierto de zorzales me recordaba que estaba aceleradísimo, sentía que en cualquier momento mi cuerpo iba a chocar contra una pared y se iba a hacer añicos. Y por más que le dijera “cuerpo, todo está bien, el estrés ya pasó“… no me hacía caso y no veía por dónde salir de ese laberinto.

Esos días oscuros los pasé viajando, cuestionándome, buscándole una vuelta, una salida a la cuestión. Rogué para ir a un neurólogo, me dio clonazepam. Leí los efectos secundarios del medicamento, no lo compré. Hay gente en la universidad que bebe mucho, que fuma mucho y que trasnocha mucho, tanto para fiestas como para estudiar, que toman algunas drogas (porque sí, los medicamentos no dejan de ser drogas, por algo las farmacias antes eran llamadas droguerías) y bebidas energéticas. Yo no hago nada de eso, no hice nada de eso, tampoco tenía muchas salidas para el estrés. Quizás debí haber estallado en llanto más veces, lo cierto es que todo me lo callé, el camino empezó a verse un poco mejor al dormir con pastillas.

Un médico general me dio eszopiclona, con eso fui saliendo. Una persona normal, con 0.5 mg ya se queda raja y se olvida de quién es. Yo en algún momento llegué a tomar dosis de 3 mg y todavía me costaba dormir, era terrible sentir esa presión en el cuerpo, esas ganas de hacerte bolita y lo más ridículo de todo, saber que en realidad todo está bien, que no pasa nada, que nadie te va a matar ni nada, que no tienes la más rechucha idea de porqué tu cuerpo reacciona así.

La cara de las farmacéuticas es un poema. Uno va a buscar uno de esos medicamentos con receta retenida y ya te miran como salido de un manicomio, ¡seguro es tan poco común no poder dormir po! A lo mejor es cosa mía, pero casi todos en esta ciudad han tenido insomnio alguna vez, se han sentido sobrepasados alguna vez y han tenido que tomar pastillas para dormir, tener sexo como conejo o beber hasta el olvido para descansar. Ahí uno se cuestiona muchas cosas, cosas de uno mismo.

Recuerdo que me preguntaba “¿y será culpa mía todo esto?“, pero es difícil saberlo si no conoces la causa. Creo que lo que mejor aprendí es a tener compasión y paciencia con las personas enfermas, esas que tal como yo, no pueden comprender porqué su cuerpo es así o reacciona así. Ahí uno no necesita razones, necesita cariño, necesita apoyo. Al final, yo creo que me desbordaba pensar en el futuro. Me veía egresando de la universidad sin una idea clara, sin querer trabajar en mi profesión, sin contactos o una red que me apoyara en la inserción laboral, caminando por un suelo que en 2 años más se iba a despedazar.

ANSIEDAD…. ANSIEDAD…. ANSIEDAD…. qué chucha será de mí en 2 años más. Pero no podía pensar en nada si despertaba antes de las 8 horas recomendadas, la eszopiclona es buena para dormir pero mala para despertar, si despiertas antes, una linda jaqueca te llevarás. El problema es cuando tienes todo para dormir y llega el jardinero a las 7 AM, un teléfono inoportuno, la alarma del auto del vecino, el perro chillón de la otra cuadra y así, a veces toca levantarse no más.

¡Haz algo! ¡Haz algo! ¡Haz algo! ¡Vamos, muévete, no te quedes parado! Repetía mi cuerpo incesantemente, se creía hormiga atómica. Uno puede moverse por amor o por miedo, yo quería moverme por amor, pero el miedo me llevaba a ponerle chala al acelerador. ¿Quieres vivir eso? Muévete entonces, y ahí mi sangre hervía, corría para todos lados, no dormía, no disfrutaba, pero hacía, hacía, hacía cosas hasta que dije basta.

(Tengo que ir a cumplir deberes… nos vemos más rato, cuadernito)

No soy cesante #1

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